Balas que pican cerca


La Junta Militar gobernante haba comprobado la eficacia de esa pasin nacional para ocultar el horror y legitimar un plan de genocidio Foto AFP
La Junta Militar gobernante había comprobado la eficacia de esa pasión nacional para ocultar el horror y legitimar un plan de genocidio. Foto: AFP

El repertorio de metáforas futboleras que Víctor Hugo Morales articula en su fascinante relato deportivo incluye una, «balas que pican cerca», que simboliza lo sucedido hace 40 años cuando fútbol fue nuevamente utilizado por la dictadura cívico militar como una herramienta de exaltación del patriotismo para maquillar el dolor y la muerte en la Guerra de Malvinas.

Nada nuevo bajo el tenebroso cielo argentino de aquellos tiempos: cuatro años atrás, con la misma lógica, la Junta Militar gobernante había comprobado la eficacia de esa pasión nacional para ocultar el horror y legitimar un plan de genocidio sobre la sociedad, que de modo cínico se autodenominó «Proceso de Reorganización Nacional».

Hacia 1982, el Gobierno de facto no gozaba de ningún crédito en la población debido a la sistemática violación de los derechos humanos, al desprecio por las libertades políticas y civiles, al exponencial crecimiento de la deuda pública y al vertiginoso contexto inflacionario de la economía.

En un último intento por ampliar la base social, la Junta se abrazó a una idea afiebrada, una causa patriótica capaz de unir a los argentinos, como había sucedido en todo el país con la organización y la conquista del Mundial ’78.

El teniente general Leopoldo Galtieri, dictador a cargo, ordenó así la recuperación de las Islas Malvinas mediante una estrategia bélica destinada al fracaso por la enorme diferencia de recursos militares en relación al Reino Unido.

Era necesario impulsar la guerra en un clima de normalidad en el pas con actividades que sirvieran para distraer y reforzar el sentimiento argentino
Era necesario impulsar la guerra en un clima de normalidad en el país con actividades que sirvieran para distraer y reforzar el sentimiento argentino.

El gobierno argentino reclutó a jóvenes que cumplían o habían cumplido recientemente el servicio militar obligatorio y conformó una fuerza de 14.000 hombres, que fue lanzada a la cruzada sin preparación y en pésimas condiciones para desempeñarse en la geografía hostil del archipiélago del Atlántico Sur.

Era necesario impulsar la guerra en un clima de normalidad en el país con actividades que sirvieran para distraer y reforzar el sentimiento argentino. En los jóvenes soldados se cultivó el folklore futbolero, como si el conflicto se tratara de una contienda deportiva.

«En el viaje a Malvinas íbamos cantando, ‘los vamos a reventar’, ‘ingleses no vengan’, era una cancha para nosotros», testimonió Julio Vázquez, exfutbolista de Centro Español, quien fue reincorporado a la conscripción para la gesta en el documental «Clase ’62».

«En el viaje a Malvinas íbamos cantando, ‘los vamos a reventar’, ‘ingleses no vengan’, era una cancha para nosotros»Julio Vázquez, exfutbolista de Centro Español

El 2 de abril, día del desembarco en las islas, la pelota rodó en el país como si nada estuviera sucediendo, la prensa de la época naturalizó los hechos deportivos sin ninguna mirada crítica por lo que se avecinaba a casi 2.000 kilómetros de la Capital Federal.

Esa noche se inició la novena fecha del Nacional de Primera División con el partido Central Norte (Salta)-Mariano Moreno (Junín), que pasó a la historia como el que dio continuidad al show.

Cerca de allí, en la ciudad de Formosa, el público argentino pudo alimentar su euforia con la victoria de Sergio Víctor Palma, campeón mundial de boxeo en la división supergallo, ante Américo Suárez.

El pblico argentino pudo alimentar su euforia con la victoria de Sergio Vctor Palma campen mundial de boxeo en la divisin supergallo ante Amrico Surez Foto archivo
El público argentino pudo alimentar su euforia con la victoria de Sergio Víctor Palma, campeón mundial de boxeo en la división supergallo, ante Américo Suárez. Foto archivo.

Carlos Pérez, arquero de Mariano Moreno, recordó el mensaje recibido en la previa al partido en la cancha de Gimnasia y Tiro: «A nosotros nos dijeron en el vestuario, unos minutos antes, que se estaban recuperando las Malvinas y fue todo muy emocionante: desde el calentamiento hasta el pitazo inicial».

«Nos hicieron formar en fila, pusieron el Himno Nacional Argentino y fue pura emoción. Lo que se sintió ese día no me lo voy a olvidar en mi vida. Al himno lo cantó todo el estadio, fue algo impresionante», reconstruyó.

El mismo fin de semana jugaron Huracán y Boca en Parque de los Patricios, River se enfrentó a Nueva Chicago en el Monumental, donde un día antes San Lorenzo hizo de local ante Lanús por el torneo de Primera B. Independiente recibió a Estudiantes de Santiago del Estero y Racing viajó a Misiones para medirse con Guaraní Antonio Franco.

«Nos hicieron formar en fila, pusieron el Himno Nacional Argentino y fue pura emoción. Lo que se sintió ese día no me lo voy a olvidar en mi vida. Al himno lo cantó todo el estadio, fue algo impresionante»Carlos Pérez, arquero de Mariano Moreno

En todos los estadios se cantaba: «¡Y ya lo ve, y ya lo ve, el que no salta, es un inglés!», con un fervor que lejos estaba de sentir la gran mayoría de los inexpertos soldados argentinos, víctimas del hambre, el frío y la falta de descanso en el territorio austral.

Por esas horas, la primera ministra británica Margaret Thatcher ordenó el envío de fuerzas militares, lo que sorprendió a muchos jóvenes combatientes del Ejército Argentino que, por ingenuidad o deseo, se aferraban a la idea de que los adversarios nunca pisarían las islas.

Ocho días después del desembarco argentino, Galtieri desafió de modo irresponsable al gobierno británico en un discurso desde el balcón de la Casa Rosada frente a una multitud que cubría la Plaza de Mayo: «Acá están reunidos obreros, empresarios e intelectuales, todos los órdenes de la vida nacional, en unión nacional, procura del bienestar del país y su dignidad (…) ¡Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla!».

La masa respondió a la arenga con cánticos desbordantes de nacionalismo: «¡Argentina! ¡Argentina! ¡El pueblo unido, jamás será vencido!»

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Foto archivo.

El campeonato de fútbol siguió su curso ese fin de semana y también los actos en pos de la causa como «24 horas por Malvinas», un programa de TV que condujeron Pinky y Cacho Fontana, con el fin de recaudar fondos para «los muchachos argentinos» y que tuvo la visita en el piso de Diego Maradona, quien aportó 100 millones de pesos de la época.

La Selección Argentina, vigente campeona del mundo, ultimaba su preparación para España ’82 y el 14 de abril se enfrentó a la Unión Soviética (1-1) en un Monumental repleto. «¡Malvinas argentinas! Gritemos todos juntos!» fue el mensaje escrito en el tablero electrónico del estadio cuando la banda militar entonaba el himno.

En el instante previo al comienzo del amistoso, la voz del estadio animó por los altoparlantes: «¡Viva la patria» y el público reaccionó con un sonoro: «¡Viva!». El partido, como otros del Campeonato Nacional, se transmitió a las islas por Radio Argentina para fortalecer el espíritu de los soldados.

A la semana siguiente, Boca y River empataron sin goles en la Bombonera y allí nació la delirante idea -finalmente no concretada- de disputar un superclásico en las Malvinas en plena guerra.

La revista Goles, en su edición 1.739, fomentó la iniciativa con una foto de tapa en la que el defensor «millonario» Eduardo Saporiti y el lateral «xeneize» Carlos Córdoba posaban abrazados. «Hermanados en la gran causa argentina, Superclásico en las Malvinas», tituló.

«Es un deber patriótico de parte de nosotros, los dirigentes, contribuir en la medida de nuestras posibilidades a todo aquello que sirva para alegrar a nuestros valientes soldados»Martín Benito Noel, presidente de Boca

«Es un deber patriótico de parte de nosotros, los dirigentes, contribuir en la medida de nuestras posibilidades a todo aquello que sirva para alegrar a nuestros valientes soldados», apoyó el presidente de Boca, Martín Benito Noel, en declaraciones al magazine deportivo.

«Una forma de prestar servicios al país y a la comunidad consiste en apoyar totalmente la idea de llevarle a los jóvenes argentinos, que están ofreciendo sus vidas en defensa de nuestra soberanía, la realización de este siempre impactante partido. Todo cuanto esté a mi alcance para este fin, habré de realizarlo», se comprometió Jorge Kiper, titular de River.

Durante mayo, que comenzó con la dura noticia del hundimiento del ARA General Belgrano, el Campeonato Nacional avanzó hacia la definición protagonizada por el Ferro de Carlos Timoteo Griguol -campeón- y el Quilmes de Roberto Rogel.

La Selección Argentina llegó a Europa y sus jugadores, mediante la prensa extranjera, supieron que las informaciones optimistas que se propagaban en el país era diametralmente opuestas a la realidad.

La Seleccin Argentina vigente campeona del mundo
La Selección Argentina, vigente campeona del mundo.

Los campeones del mundo se juramentaron una victoria en el debut del Mundial ’82 por el orgullo argentino, pero Bélgica tenía otros planes y festejó un 1-0 en el Camp Nou de Barcelona.

«Realmente nos pusimos muy mal porque, a pesar de no haber jugado bien y haber perdido, nosotros queríamos darle el triunfo a nuestro país, que está sufriendo tanto», lamentó Maradona.

Un día después del estreno, el 14 de junio, el general Luciano Benjamín Menéndez, que había sido designado por Galtieri como gobernador de Malvinas, firmó la rendición incondicional de las tropas argentinas frente al incontenible avance de la campaña británica.

El ejército argentino volvió con 649 bajas en combate. Entre los que regresaron con vida, algunos lo hicieron como prisioneros de guerra en buques enemigos, escuchando partidos del Mundial por radio, y otros en barcos propios, donde se entregaban papeles con los resultados del día anterior al momento de repartir la comida. El triunfalismo duró 72 días, el costo de aquella aberración quedó para toda la vida.

Sueños que la guerra truncó

Por Jerónimo Granero

Entre todos los sueños rotos por la Guerra de Malvinas, de la que se cumplen 40 años, abundan las historias truncas dentro del fútbol por la mutación de jóvenes promesas en soldados improvisados debido a una absurda decisión de la dictadura cívico-militar que ostentó el poder entre 1976 y 1983.

Héctor Rebasti era arquero de la categoría ’62. Después de hacer todas las divisiones inferiores en San Lorenzo, quedó libre y pese a que no tenía pensado volver a jugar, su padre le pidió que lo vuelva a intentar y se probó en Huracán.

Néstor Apuzzo era 10. Tras empezar en las infantiles de Ferro, se pasó a las divisiones inferiores de Huracán, el club del cual es hincha, y ya asomaba para ser jugador de Primera División.

Apuzzo pudo volver a jugar después de Malvinas pero su reconocimiento llegó varios años después, cuando como entrenador conquistó dos títulos con el «Globo», uno de ellos tras ganarle una final al River de Marcelo Gallado.

Rebasti nunca más volvió a competir pero el fútbol todavía le sirve de «terapia».

Uno es «quemero» e hizo historia en el club de sus amores y el otro, si bien es «cuervo» fanático, le hizo caso a su papá y después de una buena práctica fue fichado en Huracán, donde finalmente no llegó a disputar un solo partido.

Dos carreras que iban por caminos similares y se frustraron por una guerra.

Apuzzo, el habilidoso, estuvo en continente y no llegó a Malvinas. Rebasti, el atajador, cambió la pelota por un fusil y vivió en primera persona lo peor de la guerra.

«A la semana, me llamaron para volver al Regimiento donde había hecho la conscripción en 1981. Nunca pensamos que íbamos a combatir ni a estar en guerra. Recién había cumplido 19 años», recuerda Rebasti, soldado clase ’62 de la Compañía Tacuarí del Regimiento 3, en diálogo con Télam.

El destino de Rebasti fue la cabecera de playa en Puerto Argentino y después de dos meses de sobrevivir en pésimas condiciones llegó el aviso del desembarco inglés. Durante una de largas noches de frío soñó que el conflicto se resolvía con un partido de fútbol y Argentina lo ganaba 1-0.

«Me desperté todo transpirado, fue la única vez que transpiré en Malvinas», cuenta Rebasti, quien soportó ese tiempo en las peores condiciones.

«Tuvimos muchos inconvenientes, sobre todo logísticos. Nunca tuvimos agua potable, jamás tuvimos dos comidas y nunca comimos una semana entera. Era sobrevivir. No estábamos preparados. En junio sabíamos que iban a venir y el capitán a cargo nos abrazó y nos despidió como si fuéramos sus hijos», relata todavía emocionado.

Apuzzo era clase 63 y Malvinas también fue un «antes y un después» para su carrera y en definitiva también para su vida.

«Me quedó esa espina clavada. Seguramente pude haber tenido una carrera más importante. Después del problema en el pie, en el riñón y la hepatitis, sentí que se caía todo. Recién a los 21 años pude volver a jugar. Fue una frustración muy grande», reconoce a Télam Apuzzo, quien todavía tiene grabado aquel 2 de abril de 1982.

«Fue un momento único. Nos levantaron a las 3 de la mañana para decirnos que habíamos tomado las Malvinas y para cantar el himno. Después pasó lo que pasó. Yo fui soldado en el continente. Los héroes fueron los que estuvieron en combate. Soy un agradecido a ellos», destaca Apuzzo.

Vivieron situaciones muy distintas durante la guerra. Sin embargo, de alguna manera los dos siguieron viviendo a través de ese sueño truncado: el fútbol.

El regreso fue difícil para estos todavía adolescentes que soñaban con dedicarse profesionalmente.

«Pude seguir jugando, pero nunca más me sentí el mismo futbolista», lamenta Apuzzo.

Rebasti lo intentó y hubiese «dado todo para seguir jugando» pero su físico sufrió las consecuencias de la guerra.

«Después de Malvinas fui a entrenar cuatro o cinco veces y me descompuse en dos. No fui más», decidió.

Las secuelas no fueron solo físicas para Rebasti. Durante mucho tiempo se echó la «culpa» por «perder» la guerra y todavía tiene que convivir con la imagen en su memoria de compañeros caídos en pleno combate.

Aníbal Folch, Julio César Segura y el «Maestro» Julio Rubén Cao fueron algunos de los soldados que murieron «al lado» de Rebasti.

Apuzzo puede contar que su primo, Hugo Adeso, fue uno de los sobrevivientes del hundimiento del ARA General Belgrano.

En sus testimonios, ambos mantienen viva la memoria de los Héroes de Malvinas y reflejan la triste historia de los sueños malogrados por la demencia de un dictador.

Garré y Tocalli recuerdan los días de fútbol y guerra en 1982

Por Alberto Emaldi

Los exfutbolistas Oscar Garré y Hugo Tocalli, figuras de Ferro Carril Oeste y Quilmes, ambos finalistas del Campeonato Nacional ’82, recordaron las sensaciones de haber definido aquel torneo en medio de la Guerra de Malvinas, a 40 años del desembarco de las tropas argentinas en las islas.

«Al comienzo nos habíamos ilusionado porque nos contaban una cosa que luego fue otra muy distinta. Mientras corrían los días nos fuimos dando cuenta de lo que realmente pasaba en Malvinas y eso nos ponía muy tristes», recordó Garré en diálogo con Télam, a propósito del mensaje recibido por los futbolistas para continuar en competencia pese al conflicto bélico con Gran Bretaña.

Tocalli, arquero de Quilmes subcampeón ’82, evocó: «Al comienzo parecía que no era una guerra como la que fue, pero luego cuando nos íbamos enterando, sin dudas estábamos mal y el tema era comentario de todos los días en nuestro plantel, al llegar a la práctica y al irnos también».

En diálogo con Télam Garré (65) y Tocalli (74) recordaron los momentos vividos entonces en la que sus equipos hicieron historia y se convirtieron en los principales protagonistas del fútbol argentino de aquél año.


Foto: AFP

«Es muy difícil que uno se vaya a olvidar lo que vivimos en esos días muy tristes a medida que avanzaba la guerra. Nos enterábamos que los pibes se morían y aquí seguíamos jugando al fútbol», lamentó Garré, de 65 años, bicampeón con Ferro (’82 y ’84) y también ganador del Mundial México ’86 con el seleccionado argentino.

«Recuerdo -agregó el exdefensor- que en el entretiempo de una de esas finales en cancha de Ferro y en medio de la charla técnica podíamos escuchar en el vestuario que por los parlantes del estadio daban noticias de la toma de Puerto Argentino por parte de nuestros soldados. Era imposible no estar atentos y preocupados por lo que pasaba en Malvinas».

Tocalli también rememoró: «Sin duda estábamos mal y angustiados. Muchas veces nos preguntábamos por qué mientras nosotros estábamos jugando partidos finales había una guerra en la que morían muchos soldados».

«Fue un tiempo difícil que, sin dudas, nos tocó vivir como a todos los argentinos. Nosotros en aquél plantel también lo sufrimos» subrayó el exarquero quilmeño y también exentrenador de seleccionados juveniles argentinos, actual coordinador de divisiones formativas en Platense.

«Teníamos un sabor agridulce porque, por un lado, estábamos felices por lograr un campeonato con Ferro por primera vez en su historia en Primera y por el otro lado sentíamos dolor y amargura por lo que nos dejaba una guerra totalmente injustificada y desigual», compartió Garré.

Para llegar a la definición del Nacional ’82, de manera invicta, el Ferro de Carlos Timoteo Griguol había dejado en el camino a Independiente Rivadavia de Mendoza y Talleres de Córdoba. Quilmes, con Roberto Rogel como entrenador, eliminó a Unión de Santa Fe y Estudiantes de La Plata.

«Verdolagas» y «Cerveceros» habían superado a todos sus rivales en la fase de grupos de un torneo con nulo protagonismo de los equipos grandes.

La Guerra de Malvinas finalizó el 14 de junio con la firma de la rendición incondicional luego del último combate conocido como la batalla de Monte Tumbledown, por lo que gran parte de aquellas instancias eliminatorias del Campeonato Nacional se jugaron en pleno conflicto.

Las finales, en cambio, se disputaron con la guerra terminada: el 20 de junio, en el viejo estadio de Quilmes, empataron sin goles y la revancha en Caballito fue para el local por 2-0 con goles de Miguel Ángel Juárez y Juan Domingo Rocchia.





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